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    “Cien años de mi mamá”

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    HOMENAJE A ÁNGELES FLÓREZ “MARICUELA”
    100 años de socialismo

    El pasado 17 de noviembre de 2018, la Agrupación Municipal Socialista de Gijón/Xixón organizó un más que merecido homenaje a nuestra entrañable compañera Ángeles Flórez “Maricuela”, al cumplir cien años. Su hija, María Ángeles, leyó en nombre de la familia (hijos, nietos y biznieto) un hermoso texto cargado de emotividad que reproducimos íntegramente:

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    Cien años de mi Mamá

    Sé muy bien la suerte que tengo al poder felicitarte el día de tus cien cumpleaños. Es un verdadero privilegio, una felicidad muy grande. ¡Cien años!

    ¡Un siglo de vida!

    ¿Cómo será posible? al verte tan elegante, con tus zapatos de tacón y tus “ojos de agua” —como dice un amigo mío—, después de una operación de cadera hace un mes.

    Un médico te dijo un día que era imposible que hubieras nacido en esa fecha, que estaba seguro de que alguien se había equivocado.

    ¡Cien años!

    Pero si fue ayer cuando me sentaba a tus pies para mirarte mientras te pintabas, y pensaba que eras la más guapa de todas las mamas que conocía.

    Pero si fue ayer cuando te veía en la ventana al volver de la escuela, y tú, que nunca habías ido, ponías tanto interés en aprendernos la gramática española.

    Como a todos los niños, nos contabas cuentos. Nos hablabas de un país muy bonito que se llamaba Asturias, donde vivían dos abuelitas, tíos, tías, primos, una madrina… todos ellos nos querían mucho. Era un poco como el Papa Noel, a veces llegaban regalos, cartas. Y como para el Papa Noel no sabía si era verdad o mentira. Eran historias hermosas, a veces tristes porque se te llenaban los ojos de lágrimas y en otras ocasiones daban un poco de miedo.

    Unos años más tarde, niña todavía, supe que el miedo era una realidad cuando nos llevaste con tanta ilusión por primera vez a España y nos detuvieron en la frontera. Recuerdo muy bien ese verano de angustia. Recuerdo muy bien el día que te vi marchar con tu maleta y nos decías: “Si me meten presa, no os veo más hijos míos”. Recuerdo muy bien nuestra espera angustiada a las siete de la mañana en el andén de la estación de Gijón. Esperábamos a papá, que llegaba un mes más tarde. No sabíamos si estaba en el tren o si lo habían arrestado a él también en la frontera. Y por fin, ¡bajo papá del tren!

    Durante muchísimos años volvía a mí esa misma angustia de niña cada vez que cruzaba una frontera.

    Te gustaba mucho bailar, ¡cantabas siempre! Supe cantar primero las canciones de Carlos Gardel, de Antonio Machín que las de los Beatles. Para muchos “Asturias, patria querida” es un himno, para mí es una canción de cuna.

    Recuerdo todas esas cosas raras que no hacían mis amigas, como comer uvas por Nochevieja en un mes donde no se encontraban por ningún sitio. Esos dos mundos, tan diferentes, tan opuestos. En el primero se hablaba español, en el otro francés. Tengo muchos más, más íntimos que guardo encerrados como vitaminas personales.

    Franco, “Caudillo de España por la gracia de Dios”. Franco, muerto —en su cama— pero muerto ese 20 de noviembre. ¡Qué alegría la vuestra! Era día de fiesta en Lyon, día del “Beaujolais Nouveau”, el vino verde. La ciudad entera parecía festejar la muerte del tirano. ¡El día tan soñado había llegado! Las maletas, esperando desde tantos años, podían cerrarse.

    ¡Pero no fue posible volver! ¡No fue posible entonces! No fue posible dejar a los seres queridos atrás, toda una vida. Un refugiado que vuelva o que no vuelva nunca será un ser entero. Siempre dejará una parte de sí mismo en un lugar del mundo.

    Al morir papá, volviste con él. Tomaste una decisión difícil con más de ochenta años. Y como la historia se repite lo hiciste con paso firme, sin mirar hacia atrás.

    Tuviste razón. Tengo que decirte que siento admiración al ver lo que has construido en pocos años. Toda esta gente reunida aquí para felicitarte.

    Como dicen los franceses: ¡Chapeau maman!

    Quiero agradeceros, a ti y a papá, la herencia que nos habéis dejado. Y no hablo de dinero, de pisos, hablo de respeto. Respeto por uno mismo primero. Respeto por todo lo que vive en nuestro planeta: sean personas, animales o vegetales.

    Qué diferente sería el mundo si la palabra respeto se empleara en vez de consumo, de provecho.

    ¡Te queremos! Estoy segurísima de que todos aquí te deseamos que cada segundo, cada minuto, cada hora de tus cien años sean tan bellos como esta rosa.

    ¡Feliz cumpleaños!

    Maricuela 100 años de juventud[1545]

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