• Buscar la felicidad pública

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    En el año 1782, Gaspar Melchor de Jovellanos remitía al Ayuntamiento de Gijón un plan de mejoras en el que proponía diversas actuaciones encaminadas a hacer de su ciudad un lugar más habitable. Era una vocación derivada de la lealtad a uno de los principios que con más fuerza guiaron los ideales ilustrados: aquél que defendía y reivindicaba la consecución de lo que entonces se llamaba “felicidad pública” y que no era otra cosa que el antecedente directo de lo que conocemos hoy como “estado del bienestar”. Dicho de otro modo: una organización económica y social, pero también urbanística y medioambiental, en la que la ciudadanía se sintiera cómoda, y también realizada e integrada en un entorno del que se sentía partícipe. Unos años más tarde, en 1796, en su Memoria sobre las diversiones públicas, haría otra observación que, pese a referirse a un asunto distinto, se relaciona con aquello que exponía en sus propuestas para mejorar la villa en la que había venido al mundo: “Unas personas frecuentemente congregadas a solazarse y divertirse en común formarán siempre un pueblo unido y afectuoso. Serán de ánimo más elevado porque serán más libres, y por lo visto serán también de corazón más recto y esforzado.”

    Conmemorar el Seis de Agosto no es entregarse al recordatorio rutinario de una fecha inerte. Es recordar lo mucho que hizo y pensó para su lugar de origen alguien que, si se convirtió en uno de los representantes por antonomasia de la Ilustración española, fue justamente por su condición de ciudadano comprometido con su época y con la sociedad en la que le tocó vivir. Que además de describirla o analizarla desde la óptica del entomólogo que ordena y clasifica, reflexionó sobre sus carencias y virtudes y puso todo el esfuerzo del que fue capaz para solventar las primeras y potenciar las segundas. No podemos decir que en España saliera del todo bien el siglo XVIII. Los intereses estamentales, los privilegios de unos pocos, terminaron prevaleciendo sobre la prosperidad colectiva. Pero, aun así, la tarea de nuestros ilustrados no fue en balde. Más de doscientos años después del fallecimiento de Jovellanos, y a casi dos siglos de que Fernando VII ordenara asesinar a Rafael del Riego para instaurar su Década Ominosa, que trajo tan funestas consecuencias, permanecen vigentes las ideas que alumbraron aquellos que del padre Feijoo al fabulista Samaniego quisieron estimular con la luz de su pensamiento el avance de una sociedad condenada en demasiadas ocasiones a languidecer en la penumbra. Y ese afán de ir hacia adelante ponía uno de sus focos en las ciudades, que ya entonces comenzaban a configurarse como son ahora y se iban perfilando como los principales focos de actividad económica e industrial de un país que, paulatinamente, se adentraba en la modernidad.

    Conservamos los bosquejos del Gijón que imaginó el propio Jovellanos, aquél que luego se convertiría en realidad y que partía de las callejuelas de Cimavilla para expandirse hacia el sur, siguiendo el eje de esa amplia avenida que en tiempos se llamó Ancha de la Cruz y hoy es nuestra calle Corrida, y concluye en la emblemática Puerta de la Villa. Era la suya una idea de ciudad en la que predominaban las líneas claras, los espacios abiertos, la conexión entre urbanismo y naturaleza, de forma que mar, caminos y arboledas constituyeran un todo orgánico que los vecinos y vecinas podían sentir como parte irrenunciable de sus vidas. Era, por resumirlo, una ciudad concebida por y para las personas. Para que éstas desarrollasen su vida en ella y encontraran allí un marco idóneo en el que cumplir sus expectativas. Para que su trazado y sus perspectivas les llevasen a inferir que, más allá de las cuestiones o los condicionantes que pudieran separarlas, formaban parte de un todo que constituía la esencia y la razón mismas del propio espacio que las albergaba. La ciudad, en la cabeza de Jovellanos, no era un mero recipiente en el que aglutinar habitantes de toda clase y condición. Era un entorno vivo que se configuraba a partir de las necesidades de quienes lo poblaban y, lejos de encorsetarse en modelos preestablecidos, mutaba y se reinventaba tantas veces como hiciera falta a fin de satisfacer las necesidades de sus vecinas y vecinos.

    No podemos perder de vista ese propósito. Las personas constituyen el sujeto activo de las ciudades, y éstas deben concebirse para que sus habitantes las disfruten de una manera enriquecedora y saludable. La situación que se ha creado a consecuencia de la expansión de la COVID-19 ha puesto en evidencia cómo las ciudades no siempre se complementan con las personas del modo que debieran, y nos ha hecho ver hasta qué punto es necesario repensarlas, imaginarlas de nuevo, para que las calles no sean un mero escenario de la vida, sino el motor que impulsa ésta y la hace digna. Entre los desvelos de Jovellanos, cobraba especial importancia aquél que perseguía dotar a su Gijón de paseos anchos y arbolados, de grandes avenidas que permitieran a las personas caminar y expandirse, de plazas en las que sentarse a descansar, y dialogar, y encontrarse. Convertir esta ciudad, en resumen, en un gran foro concebido para fomentar la interacción entre las personas, y para construir a partir de ella una sociedad mejor y más fuerte. Creo que debemos retomar esa ambición y situarla en el centro de nuestros objetivos para diseñar, en los próximos años, un Gijón más saludable en donde los hombres y las mujeres sean los verdaderos protagonistas y que, a imitación de otras grandes ciudades europeas, convierta la movilidad sostenible en uno de sus rasgos paradigmáticos. Un Gijón que recupere y actualice el propósito ilustrado que alumbró los grandes bulevares y halle en los espacios compartidos el aliciente para vivificar nuestra conciencia ciudadana, para fortalecer nuestro compromiso comunitario; para continuar buscando la felicidad pública a lo largo de un camino que debemos recorrer juntos, sin olvidar lo que hemos sido y sin perder de vista aquello que queremos llegar a ser.

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